Cuaderno 01: Mundos Sin Dueño

Este primer cuaderno inaugura su difusión el 30 de
Abril de 2026, cuando el anónimo autor del mismo
cumple años, coincidiendo el día y la hora de su nacimiento
en una humilde aldea minera de Asturias, con
los de la muerte de un dañino e innombrable dictador
en Berlín.
Se trata del principio de un proyecto participativo
con un futuro incierto, cuyo impulsor inicial prefiere
mantenerse de incógnito, ya que ingenuamente piensa
que nos vendría bien dialogar sin prisas entre nosotros,
sin necesidad de identificarnos con un yo, convencido
de que las ideas que producimos no tienen propietario, y
sean consideradas útiles o inútiles, puedan aportar algo
de luz, que parece ser que estamos “obligados” a aportar,
ya que los humanos solo podemos llegar a un punto en
el que haya que abrirse de nuevo a continuar.
En este caso, editar unos 200 ejemplares en papel,
además de publicarlos en una web y difundirlos libremente,
solo suponen una inversión soportable para un
jubilado de la educación que vive modestamente en un
pequeño pueblo. Es una propuesta que parte de la necesidad
de expresarse para que corra su suerte, consciente de
que el tiempo y las aportaciones de los demás pueden colaborar
a desmontar creencias equivocadas que la mayoría,
creo, necesitamos modificar… y con ello participar,
dentro de sus limitaciones, en crear un mundo en el que
sea posible vivir con la máxima tranquilidad, ya que a
nadie pertenece. Se trata por tanto de realizar aportaciones
que colaboren a que nuestras flexibles mentes -que
de todo producen- se expresen lo más positivo que sea
posible. A quien le parezca esta iniciativa un sinsentido,
tiene en sus manos la alternativa de no seguir leyendo, o
regalar a alguien este cuaderno, o quemarlo si así lo considera.
Si hubiésemos descubierto qué es la verdad,
no viviríamos en un mundo imaginado.
Parece necesario intentar ser cada vez más
humildes.
EN UN MUNDO SIN DUEÑOS.
En un mundo sin dueños, en el que ni el mismo
mundo puede decir que lo es, éste, así como la vida, nos
permite decir de todo a la hora de intentar reducirlo a
un concepto o definición, es algo que no resulta explicable
porque nos hemos empeñado en reducir lo inabarcable
a un término o a una frase. O sea que tenemos que
admitir que venimos pretendiendo poner todo tipo de
adjetivos al mundo y a la vida sin poder, por lo menos
hasta ahora, saber qué son.
León Felipe, por ejemplo, nos dijo que: “La vida es un
fantasma verde que nadie vio jamás”, y nosotros añadimos
que un fantasma la vida sí parece ser, pero desconocemos
su color, porque si tuviese color la podríamos ver,
cosa que no ha sido posible hasta ahora. Hay algo que
llamamos vida de la que hemos dicho de todo, pero decir
nada de ella y aceptarla como un misterio quizá sea
todo lo que podamos afirmar, ya que abandonar la obcecada
idea de reducirla a una definición, podría resultar
saludable.
La vida acepta que de ella digamos de todo. Han sido
incontables y variadas las definiciones que le hemos
atribuido como ciertas, sin que ella diese pruebas de inmutarse,
como si su paciencia fuese infinita.
El mundo, del que tantos seres vivimos, es tan complejo,
es tan amplio lo que ocurre en él tan solo en un
instante, que nuestras limitadas capacidades no alcanzan
a explicar con claridad lo que es, además de cuál es
su origen y hacia dónde nos lleva.
De intervenir sobre el transcurrir parece conveniente
que lo hagamos con mucha prudencia, ya que siempre
se muestra flexible a ser mejorado, incluso por él mismo.
Entonces, todo parece indicar que nuestra mediación,
a ser posible sin pretensiones, tendría que reducirse
a lo cercano, que no supone solo limitarnos a lo que está
situado al alcance de nuestros sentidos. Es una bendición
que con nuestras limitaciones tengamos que conformarnos
y no tratar de ir más lejos de lo que está a
mano, aunque es evidente que nos gustaría poder vivir
en paz y con salud el tiempo que nos corresponda, cosa
que no podemos afirmar que hemos logrado.
Venimos de la tierra y vamos a la tierra; tan solo, o
tan mucho, somos unos seres mortales a quienes las pretensiones
que nos superan deberíamos intentar erradicarlas.
Nuestras limitaciones nos invitan a la humildad,
y en la humildad, que no quiere decir pobreza, podemos
encontrar lo necesario; ya sabemos lo que nos ocurre por
desear más o por creer que estamos capacitados para resolver
todos los supuestos problemas que el vivir genera
y por ansiar tener más de lo que necesitamos para vivir
dignamente, en una naturaleza que nos aporta los alimentos
y el aire que necesitamos, que tan solo parece solicitarnos
en silencio nuestra colaboración y agradecimiento,
ya que formamos parte de ella o más bien podamos
decir que somos ella.
En este sentido, parece necesario que nos decidamos
a aportar con generosidad nuestras energías sin pedir
nada a cambio. Con este cuaderno y los posibles que se
publiquen, se pretende aportar algo positivo, aunque lo
que se aporte, lo más probable es que carezca de sentido
y no sirva para lograrlo. Son una invitación a que cada
uno proponga lo que considere y cambie lo que deba
cambiarse; porque todos estamos aquí necesitándonos
unos a otros, y que uno solo, carece de la claridad suficiente
como para ofrecer alternativas que puedan ser
aceptadas e incluso sea una incógnita el que todos juntos
lo podamos lograr.
Cada uno que contribuya con lo que considere. No
hay nadie que pueda negar que alcanzar dignas condiciones
de vida es una incierta tarea de todos y todas las
aportaciones son necesarias. Solo los que habitamos el
mundo podemos lograr que vivir en él suponga una experiencia
estimulante, aunque sabemos que siempre tendremos,
para lograrlo, que prescindir de ambiciones negativas
que lo complican, y además, no dejarlo en manos
de personas que miran hacia sí mismas comportándose
como si fuesen los lúcidos habitantes de este planeta.
Lo que estamos manifestando parece un producto
creado por seres ingenuos, y lo somos, pero no por ello
despreciables y tengamos que ser marginados por desear
el máximo bien posible para todos, conscientes de que
para conseguirlo, es posible que sea necesario renunciar
a algunas actitudes innecesarias que solo en apariencia
nos producen bienestar.
Somos ya muchos los que consideramos que la vanidad
es una rémora que debemos esforzarnos en tratar de
superar porque es prescindible, sin olvidarnos de que es
una tarea que necesita de permanente atención.
Todo lo que ocurre se esfuma, incluso sin que nuestra
voluntad lo ambicione, y no podemos olvidarnos
que estamos en este mundo un tiempo y después desapareceremos.
Podemos afirmarlo o negarlo, como todo lo
que afirmamos o negamos, o pretender olvidarlo, pero
es evidente que olvidarlo puede acarrear imprevistas y
desagradables consecuencias.
Nadie puede ofrecer resistencia a las continuas ausencias;
todo da la impresión de que viene y se va: viene de
donde no sabemos y se va hacia ese mismo desconocido
lugar que ni las ausencias conocen, y por tanto, no pueden
mostrar con palabras.
Las continuas ausencias nos dan prueba de ello; dan
la impresión que actúan desde el misterio; al que no es
posible acceder porque las ausencias tienen que ser fieles
a sí mismas, como si hubiesen realizado una promesa
que mantienen en secreto, pero que podemos intuir y no
nos queda más remedio que aceptar.
Si integrásemos en nuestras vidas esta evidencia, seríamos
otros y haríamos todo lo que hacemos con la
modestia que vivir requiere.
Vivir como si nada permaneciese -ya que todo se ausenta-
nos humanizaría; sería algo que nos vendría bien
intentar poner en práctica como mejor corresponda ante
la transitoriedad de todo lo que existe, como una certeza
que no acabamos de aceptar, la certeza de que todo
transcurre transformándose, lo deseemos o no.
Aceptar vivir en la permanente ausencia no es cómodo,
ya que supone aceptar que estamos en la incertidumbre,
a la que o bien le tenemos temor o bien estamos
intentando negar aferrándonos a una seguridad
imposible, a pesar de las consecuencias; como podemos
comprobar en nuestra forma de relacionarnos con nosotros
mismos y con el mundo; un inmenso mundo poblado
por seres que nos convertiremos en las inesperadas
ausencias que nos acompañan siempre, aunque no sean
visibles.
Podemos decir que formamos parte de lo que cambia
hasta desaparecer, y es más: si es así, que tenemos suficientes
hechos que lo confirman, también tenemos razones
para sentirnos como habría que sentirse; es decir,
ni bien ni mal, y dejar de creer que solo podemos estar
tan solo o mal o bien, cuando estamos como tenemos
que estar, es decir, en un estado de imprevisible cambio,
aunque pongamos todo nuestro empeño en negarlo,
empeño que nos convierte en seres frustrados.
No parece conveniente autonombrarse propietario
de algo, ni incluso de uno mismo. La memoria, esa especie
de almacén inmenso, cuando trata de recordar lo pasado,
solo imagina lo que ha ocurrido. No es que pretenda
mentirnos; imaginando lo que hace se siente coherente
con la limitada labor que le corresponde y no
acepta las responsabilidades que tratemos de atribuirle;
como pedirle que sea racional, un estado que no conseguimos
alcanzar.
Ella es creativa; sus respuestas se pueden considerar
artísticas o imprevisibles, ella imagina a través de lo que
supuestamente ocurrió, e imaginar no es mentir: es una
forma de manifestar sinceridad ante la provisionalidad
y cantidad de tantos recuerdos que atesora.
Al no recordar lo ocurrido tal como ha sido, la memoria,
como si fuese un invisible ente ajeno a la racionalidad,
no se obsesiona con la nitidez; crea desde su
propia imaginación con la que consigue que vibremos, e
incluso emocionarnos o entristecernos; ya que no le es
posible ordenar, o ser veraz, en relación a lo mucho que
guarda, ni parece que pueda siempre serlo.
Quizá lo más bello que nos podía ocurrir es aceptar
que todo lo que existe se ausenta y todo lo que ocurrió es
imaginado, así como también se ausentará todo lo que
ocurrirá.
Interpretarlo así es una alucinación que nos confirma
que vivir, lo interpretemos como lo interpretemos
-que permite interpretarlo sin límites- es un delirio inconvertible
en algo posible de razonar de una forma.
Tratar de interpretar de una sola forma cerrada nos sitúa
en una vida que sería una cárcel ficticia, de la cual solo
podemos liberarnos abriendo la puerta a todas las infinitas
interpretaciones posibles sin atribuir certeza a ninguna.
Todo lo que recordamos es cierto e incierto a la vez.
Cualquier cambio que pretendamos realizar, para
que sea un cambio real, no será posible sin que nos desprendamos
de utilizar la flexible mente como lo estamos
pretendiendo. Imaginar que podría sentirse más
cómoda aceptando el sinsentido como un sentido y su
fragilidad como un don, sería una forma de relajarnos
ante tensiones innecesarias, estado que al parecer necesitamos
alcanzar porque a la vida no es posible encontrarle
una certeza y haya que tratarla como algo inexplicable
o con una explicación sin límites.
Que la vida no sea explicable en su totalidad, aunque
lo sea de muchas formas. nos sentaría bien aceptarlo con
agradecimiento y sin resistencia, aunque, evidentemente
-tal como estamos siendo- nos pueda suponer un esfuerzo
inclinarnos por lo abierto, un esfuerzo orientado
a aceptar la imposibilidad de que pueda llegar a tener
una explicación definitiva.
Nos sentimos mejor no pretendiendo encontrar certezas
a base de creer que existen, ya que por mucho que
pensemos no llegamos a la movediza realidad.
No se trata de dejar de pensar, sino de no darle la importancia
y el tiempo que le dedicamos; ella, la vida, que
parece ser femenina y masculina a la vez, además de clara
y oscura, y de tener una inteligencia tan invisible y generosa
que nada nos demanda, incluso ni vivirla. Ella, sin
usar las palabras, nos está diciendo que la dejemos en
paz, ya que no tiene necesidad de ser interpretada ni por
ella misma y además no necesita propietarios que la dirijan.
Da la impresión de que todos los intentos por parte
de nuestras mentes por darle una versión aceptable no
han alcanzado su objetivo, algo que sin duda es estimulante,
y no hay razones para decepcionarse por ello.
Sueño con un día en el que abandonaré mis frustrados
intentos por interpretar lo que no puedo saber que es
ni que función cumple, eso que carece de interpretación
racional, y solo una silenciosa intuición, que sin necesidad
de palabras se acerca a lo que es, algo desconocido, y
por tanto nada inquietante porque carezca de ambiciones.
No es el desconocimiento lo que nos altera sino las
insaciables ansias por conocer.
Nos sentimos agradecidos a la mente cuando se
mantiene tranquila, al margen de cualquier intento por
encontrar una explicación de lo que es la vida, ya que,
sin explicarla tiene todo el sentido y así nos regala la necesaria
paz. Preguntar a la mente lo que es la vida, esperando
que ella pueda respondernos, es una ambición
malograda por inalcanzable, ya que ella vive sin necesidad
de plantearse quién es, pues con vivir da la impresión
de parecerle suficiente.
Nuestras mentes no alcanzan un resultado convincente
cuando se usan solo para tratar de comprender;
cuando solo tratan de comprender lo que logran es darle
vueltas a pensamientos que siempre regresan al mismo
interrogador origen del que partimos.
Los pensamientos, nos demandan tratarlos cuidadosamente,
ya que pueden tener un efecto demoledor
sobre el cuerpo, y por tanto, sobre nuestra salud, además,
la mayoría de los que elaboramos carecen de fundamento
al ser solo aire. Nos interrogamos sobre lo que no es
posible tener respuestas, y esos intentos solo es posible
interpretarlos como un juego o pasatiempo, que si pretendemos
ganar a base de usarlos para una predeterminada
finalidad, terminamos perdiendo.
Manteniéndonos en las mismas formas de pensar
que venimos practicando desde hace siglos, a base de hacernos
las mismas preguntas, ya sabemos a qué conduce,
y eso puede ser lo que hasta ahora venimos repitiendo sin
éxito, de tal manera, que interpretarlo negativamente
nos entristece y seguir insistiendo en ello nos aleja. Ignoro
si seremos capaces de salir de semejante actitud circular
que nos lleva siempre al mismo origen, es decir, a
no tener respuestas a lo que nos preguntamos y además
lamentarlo o deprimirnos por ello.
No se produce nuestro aprendizaje solo a través de
normas para razonar de una manera predeterminada,
aprendemos, cada uno a su ritmo, también a través de la
intuición y de cómo nos afectan las experiencias, pero
también aprendemos a través de lo que sentimos.
No sabemos si existe solo un órgano dedicado a crearnos
sentimientos -o si se producen a la vez en todo el
cuerpo.- pero con ellos creamos algo irracional que no
sabemos cómo nos afecta en un aprendizaje sin método
o intención, un aprendizaje intuido que invita a relacionarnos
adecuadamente con los ilimitados fenómenos
que nos afectan.
Aprender a mantener amables relaciones con la
vida, es un aprendizaje para el que no existen normas rígidas
ni tampoco contenidos preestablecidos por ningún
sistema educativo. Estar en lo que acontece, es una
forma de aprender invalorable e imprevisible, un aprendizaje
para el que no existen titulaciones, una carrera sin
final y sin normas para la que no hay universidades que
puedan especializarnos, porque al observarla sintiendo,
la vida nos corresponde regalándonos sus infinitos conocimientos
repletos de valores y utilidades incalculables.
Todos sabemos que los sistemas educativos entorpecen
nuestra libertad porque buscan que tengamos comportamientos
y conocimientos comunes que no creen
dudas respecto a las difícilmente explicables normas establecidas,
normas únicas para todos, impuestas por supuestos
“sabelotodo” que se empeñan en orientarnos a
base de asignarse a sí mismos el papel de educarnos en
una determinada dirección, que solo ellos se han empeñado
en imponer como si fuese una necesidad de cada
uno o una realidad.
Nos hemos abandonado en las manos de mentes que
están convencidas que solo ellas conocen la dirección
correcta a seguir, algo imposible que siempre termina
mal, ya que las mentes que pretenden gobernarnos nunca
lo consiguen del todo -aunque sus intenciones no
sean perversas- siempre surgen otras que, con similares
intenciones de unificarnos en los conocimientos, que
tarde o temprano, fracasan en sus intentos y son sustituidas
por otras supuestamente nuevas, que ningún
cambio sustancial aportan.
Resulta casi imposible asimilar que no se llega a un
final debido a la ausencia de límites, al tener que permanecer
siempre en un comienzo, pero, a pesar de esa imposibilidad,
algunos persistimos en comprender sin
salirnos del principio, tal como si estuviésemos condenados
a estar en una continuidad, que insistentemente
nace como si nuestra vida consistiera en pertenecer a
una nada permanente; esto me digo imaginando -como
siempre estoy imaginando cuando pienso e incluso
cuando no pienso- desde una situación móvil en la que
puedo afirmar y negar que siempre estoy pensando y no
pensando al mismo tiempo, sí, porque digo que pienso
sin poder explicar lo que es pensar ni si realmente pensar
como pienso es la única forma adecuada de hacerlo.
Verlo así, no se explica diciéndome que es desagradable
o agradable o trágico o cómico, no dispongo de adjetivos
satisfactorios que puedan explicar lo que imagino
intuir. Estamos esperando soluciones o alternativas definitivas
sobre muchas cuestiones, que hasta ahora no ha
sido posible encontrar en un vivir sin pausa.
De sentirme alguien, tan solo sentirme un sueño situado
en una continua irrealidad pasajera. Aceptar vivir
sintiéndome en una imposible realidad no lo puedo ver
como una tragedia. El conocimiento que pueda alcanzar,
siempre limitado y abierto, lo convierto en una
frustración si considero que está a mi alcance, actitud
sin duda vanidosa. Contemplar el mundo sin pensar que
terminaré de entenderlo me reconforta y me sitúa en la
necesidad de tener que convivir con mis limitaciones, a
las cuales intento aproximarme aunque no lo logre de
forma definitiva.
No dispongo de una respuesta satisfactoria que pueda
decirme lo que es la vida, en tal caso solo puedo decir que
no sé lo que la vida es, quizá porque no sea nada, ni siquiera
humo, y, ante su invisibilidad, solo dispongo de
un respetuoso silencio que me explica lo que es, un silencio
que estaba antes de venir a ella y que seguirá después
de haberme ido por mucho esfuerzo mental que realice.
Sin duda metemos demasiado ruido y desde un vanidoso
ruido mental, no es posible entender. Hemos llegado
a un extremo en el que son muchos los que se sienten
orgullosos y obsesionados por progresar en conocimientos
que nada aportarían a la vida cotidiana, como la posibilidad,
que se me ocurre ahora como un ejemplo quizás
desacertado, de instalar una estación en la Luna de
camino hacia Marte, cuando no hemos aún conseguido
vivir en la Tierra, donde tenemos aún mucho que hacer
para sentirnos moderadamente satisfechos de que sea
habitable, una muestra de que estamos en una desquiciante
“luna”, es decir, que en vez de dedicarnos a estar
aquí lo más satisfechos que nos sea posible -donde además
tenemos más de lo necesario gracias a la generosidad
de la naturaleza- nos dedicamos a trastornarnos sin
ofrecer resistencia, sintiéndonos orgullosos de un ilusorio
poder.
Paso por momentos muy intensos en los que presiento
que vivir en la humildad, admitiendo las limitaciones,
es una necesidad imperiosa.
Cuando, con tanta frecuencia, caigo en la vanidad
de aspirar a comprenderlo todo, produzco un ruido del
que solo puedo recoger confusión.
Puedo convivir en paz en compañía de casi 400.000
especies de plantas y de no se cuantas miles de especies de
animales en un movimiento que ignoro si se dirige hacia
algún sitio, y cuando lo siento así, presiento que vivir,
simplemente consiste en estar respirando acompañado
por seres vivos, de los que dependo, compartiendo
con ellos infinitos aspectos sin que haya una palabra que
lo explique, porque comprendemos lo esencial sin pretender
explicarlo.
Sueño, en un sueño posiblemente imposible de realizarse,
que la forma más adecuada de pasar por la vida
sería disfrutar de más momentos de silencio y cercanía
con lo que vive y con lo que no, e incluso sin nombrar
las palabras cercanía, silencio o vida; simplemente abandonado
el rechazo a vivir sin nombrar, ya que, cuando
pretendemos nombrar lo innombrable, todo lo complicamos.
Las palabras exactas no es posible encontrarlas,
quizás porque no existan en un mundo que no se detiene
Y al no existir esas palabras, solo puedo considerar que
vivo con ellas imaginando que son algo real. Reconocer
que paso por la vida imaginando, es mi forma de agradecer
ese pasar con la mayor delicadeza posible, como si
fuese posible caminar sin meter ruido, intentando que
la imaginación no lo cometa. Pronunciar palabras sin
pretensiones, sin relacionarlas con un significado concreto
e inamovible, me produce la agradable sensación
de estar comprometido con la vida, sobre la que sé que
no debo intervenir tratando de sustituirla por otra creada
por mi mente.
Me siento con frecuencia a leer o escribir o a hacer
nada, en un muro al sol al borde de un camino, durante
uno de mis paseos diarios con la perra Tany, que se acerca,
después de darse un gozoso baño en el riachuelo cercano,
a lamerme una oreja… sin duda esas “cositas” inexplicables
que me conectan con lo vivo, me parecen necesarias,
quizás porque acuden sin buscarlas o porque lo
inexplicable sea lo único que exista.
Con las palabras pretenciosas creamos ideas que parecen
girar en círculo sin posibilidad de encontrar ni el
origen ni el final. Encontrar una razón tratando de entender
solo por medio de las palabras, es un intento fallido.
No hay una razón que explique un hecho, ni dos, ni
una cantidad predecible; son infinitas las razones que
emanan de las mentes, que a la vez que imaginamos que
clarifican, nos confunden.
En lo creado, los humanos no creamos nada; todo lo
que necesitamos está ya hecho con ayuda de la naturaleza,
por medio de ideas, colores, sonidos, sensaciones y
misterio… Con las palabras creamos lo ya creado. No somos
seres originales ni tampoco inteligentes; no es el supuesto
yo de cada uno quien realiza lo que hacemos.
No creamos: antes de crearse está creado y no por los
humanos, sino por quien es imposible de saber, ni falta
que nos hace, desear saberlo es una necesidad inventada
de la que quizás se pueda prescindir.
Tengo la sensación de ser un ingenuo que vive entre
ingenuos, que no tenemos razones sólidas para lamentarnos
de serlo. Llegamos a orientarnos por rígidas e
inocentes creencias creadas por nosotros, a las que les
atribuimos un fundamento sin tenerlo.
Me vienen con frecuencia a la mente posibles proyectos
que me gustaría realizar sabiendo que no voy a
poder. Se me acaba de ocurrir la idea de escribir un texto,
que sería una larga carta a los ciudadanos del mundo, a
los que pediría ayuda para responder a las siguientes preguntas:

  • Si procedemos de la naturaleza ¿Cómo podemos justificar
    las pretensiones de dominarla a nuestro capricho?
  • ¿A qué llamamos naturaleza?
    – ¿Dónde vivimos y qué necesitamos?
  • ¿Hacia dónde vamos deseando seguridad? ¿Existe?
  • ¿Somos algo más que una planta o cualquier animal?
  • ¿Estamos comportándonos con inteligencia? ¿Qué es
    la inteligencia?
  • ¿Somos los creadores de nuestros problemas? ¿Hasta
    qué punto son imaginados?
    -¿Debo de seguir eligiendo a representantes para que
    me dirijan que no me representan y que además no
    escuchan y ocultan sus sentimientos?
  • ¿Me informan con lo que me informan? ¿Qué pretenden
    intentando manipularme? ¿Cómo puedo librarme
    de los manipuladores de mentes? ¿Cómo
    tratar y qué decir a los que aspiran a tener poder sobre
    los demás?
    -¿Lo que pienso son mis pensamientos los que lo piensan?
    Creo que son muy pocas las preguntas que podemos
    responder con certeza, y estas se reducen nada más que a
    cuestiones cotidianas, pero, cuando la pregunta trasciende
    lo cotidiano, no hay forma de encontrarle respuesta
    con la que estemos de acuerdo, y mira que lo hemos
    intentado; incluso hasta llegar a crearnos depresiones
    o frustraciones e impotencia o tristeza por no poder
    responder a algunas preguntas que consideramos impor-
    tantes. Nos hacemos preguntas a las cuales no se les puede
    exigir una respuesta, y además, llegamos a abatirnos
    por ello al no aceptar nuestra impotencia para hacerlo.
    Hacemos preguntas a nadie que pueda contestar; está demostrado
    que nosotros no disponemos de las respuestas
    acertadas. Me digo que quizás debo plantearme no hacer
    las preguntas a las que no puedo responder, de la misma
    forma que me relajaría abandonar todo intento por intervenir
    donde no hay posibilidad.
    Pretender ser más de lo que sabemos que somos, es
    inexplicable y nos delata como seres que debemos cultivar
    nuestra vanidad. Más a menudo de lo deseable queremos
    llegar a donde no es posible, y esa ansiedad nos delata
    como seres innecesariamente ambiciosos y torpes,
    algo de lo que, estoy seguro, todos hemos intentado distanciarnos
    más de una vez.
    Es muy frecuente que dos personas, que ninguna de
    ellas tenga razón, (porque la razón absoluta nadie la tiene)
    se pongan a discutir acusándose una a la otra de no
    tener razón, y es lo único razonable que manifiestan, y
    a pesar de ello, siguen discutiendo sin posibilidad de llegar
    a un acuerdo.
    Ningún medio de información se decide a cerrar sus
    espacios a personajes que mienten; es más, se los conceden.
    Personajes repudiables por su ambición sin límite,
    seres insolidarios, que sin duda se pueden considerar inmaduros,
    que ocultan en sus oscuras mentes espurias intenciones
    con pretensiones de manipular al resto a base
    de creerse poseedores de la razón o la verdad, pero que
    son tan solo unos ignorantes que manifiestan que saben…
    en definitiva, personajes que muestran aspectos de
    los que un importante sector de la humanidad ha estado
    tratando -no sin un esfuerzo generoso- dedicarse a erradicarlos
    evitando darles facilidades para la consecución
    de sus perversos fines.
    Y si eso no ocurre, al parecer es porque los propietarios
    de los medios de comunicación y los periodistas se
    sienten tentados a una práctica enfermiza, prácticamente
    cerrando con ella las puertas a asuntos que nos
    permitirían abrirnos, y lo peor es que al respecto, consumimos
    esos medios llegando a creer que nos informan y
    respondemos con pasividad que puede llegar a crearnos
    impotencia, para incapacitarnos -o por lo menos dificultarnos-
    la posibilidad de encontrar alternativas que
    resuelvan estos hechos, ante los que nuestras tímidas lamentaciones
    resultan ineficaces.
    Si los medios de información fuesen capaces de cerrar
    las puertas a personajes de esa calaña, o nosotros de
    silenciarlos a base de no escucharlos, les impediríamos
    evolucionar en sus trastornos mentales al privarlos de la
    oportunidad de manifestarse; además reduciríamos el
    número de hojas de los diarios y generaríamos espacio y
    tiempo para cuestiones más creativas y necesarias, que
    haberlas las hay, y de paso nuestras mentes descansarían
    de invasiones negativas y podríamos dedicarnos a cuestiones
    constructivas con las cuales pasaríamos mejor el
    tiempo.
    Pero ningún medio de información se cuestiona dejar
    de dar el paso a cerrarles espacios a los impresentables
    que lo merecen, porque se acabaría su ruin negocio, y
    nosotros no terminamos de tomar una decisión a pesar
    de molestarnos estos asuntos que son una rémora. Nos
    estamos refiriendo a un paso que muchos estamos necesitando
    dar, y, mientras eso no ocurra, parece aconsejable
    intentar dejar de consumir los actuales medios de información
    -aunque solo sea por probar que ocurriríamedios
    que por sus manipulaciones -intencionadas o
    no- actúan sobre nuestras mentes, colaborando a potenciar
    situaciones y creencias insoportables, justificando
    que con ello obtienen un beneficio económico y dan
    trabajo a muchas personas a base de torturarnos cada
    día, al tener que soportar torpezas sin ningún fundamento
    razonable. Son muchas las noticias que esconden
    intenciones espurias nada fáciles de descubrir.
    Habría muchos más árboles en el mundo si no se
    editaran tantos periódicos.
    Creo que deberíamos -por lo menos preguntarnossi
    no sería ya necesario empezar a boicotear a los actuales
    medios de información con una huelga, con la intención
    de obligarles a que cambien su trayectoria, consciente
    o inconscientemente manipuladora, para lo cual
    han tenido argumentos y tiempo suficiente para enfocarlos
    con otras formas, pero, y sobre todo, si no debemos
    plantearnos cambiar nuestras formas de utilizar la
    mente y de organizarnos socialmente para detener determinados
    hábitos de producción y de consumo, cosa
    que exigiría un generoso esfuerzo personal y colectivo
    por el bien de todos, que de momento no parece que estamos
    en condiciones de realizar.
    Uno se ve en la necesidad de aportar estas y otras reflexiones,
    aunque no tengan ninguna trascendencia y
    puedan generar rechazos e incluso aunque, a mi mismo,
    nuevas experiencias me enriquezcan y me inviten a revisarlas,
    ya que, si se tratase de un asunto fácil, este ya estaría
    resuelto. Lo que sí da la impresión, de que resulta
    injustificable nuestro abandono al respecto de asuntos
    que a todos nos afectan.
    Algunas ocurrencias de los humanos, normalmente
    tan solo ocurrencias justificadas con peregrinos argumentos,
    han trascendido a toda la humanidad que las
    hemos aceptado sin resistencias; una más de ellas, es llamar
    tiempo a lo que transcurre y además dividirlo -siendo
    ilimitado y continuo- en segundos o en siglos, como
    si fuese una división real, es decir, que como tal existiese,
    como si lo que no se detiene fuese divisible o clasificable
    o cuantificable, cuando hacerlo solo es aceptable si lo interpretamos
    como un juego más a los que estamos habituados
    a practicar como si fueran algo real.
    Ante semejante división del imaginado tiempo, que
    ha sido una ocurrencia mental ajena a la realidad, no he
    tenido, y los demás tampoco, más alternativa que aceptarla,
    de tal manera que vivimos en una imaginada realidad
    dividida a la que no hemos presentado alternativas,
    una posible alternativa podría ser la de no dedicarnos
    a dividir lo indivisible, ni a separar lo que continúa
    y está conectado entre sí.
    Se han normalizado las mentiras por parte de los
    personajes que teóricamente realizan una función pública,
    sin que se haya creado algún tipo de institución o
    norma que lo impidiese, Como estamos actuando se
    han normalizado de tal manera, que renunciamos a
    buscar soluciones, incluso llegando a la triste situación
    de creer que no las hay.
    Parece claro que la inquietud y los problemas que
    nos afectan, los creamos nosotros a partir de pretensiones
    imposibles de realizar y de creencias, por pretender
    vivir sin recordarlo o tratando de huir de nuestra transitoriedad,
    una de nuestras extendidas actitudes que no
    acabamos de cambiar a pesar de sus consecuencias.
    No sé de dónde surge la injustificable vanidad que
    nos convierte en víctimas imaginadas, ya que todas las
    vanidades, al intentar llevarlas a la práctica producen
    desastres, como por ejemplo la de pretender prolongar la
    vida o las extendidas obsesiones por tener más, cuando
    cada uno simplemente estaremos por aquí lo que tenemos
    que estar, cosa que ignoramos.
    Abundan los pensamientos, los diálogos, las publicaciones
    y los sueños frustrados a causa del imaginado
    deseo de prolongar nuestras vidas con fórmulas que solo
    pretenden beneficiar a algunos aprovechados que convencen
    a ingenuos, a base de situar la economía como
    una reina imprescindible que todo lo impregna, de tal
    manera que podemos llegar a amargamos a base de obsesionarnos
    con que es posible prolongar la vida hasta el
    infinito, cuando la vida no existiría sin la evidencia de la
    muerte. La búsqueda del oportunista beneficio económico
    en todo se está imponiendo, sin dejar prácticamente
    rincones donde se valore el gran beneficio que
    tienen para todos, las actividades afectivas que buscan el
    bien común, algo que tiene el valor de ser invalorable.
    Paseando por el campo, de pronto, mientras contemplo
    la silenciosa y generosa tarea de polinización por
    parte de los insectos, tengo la impresión que desde hace
    siglos que venimos huyendo de ser naturaleza con la intención
    de dominarla, actitud que nos ha llevado a un
    trastorno que nos impide ser lo que somos, a base de
    convertirnos en lo que no podemos ser.
    A veces me pregunto si vamos a continuar tratando
    de conseguir lo que no es posible y aceptar, además, que
    tal ambición nos siga produciendo las insatisfacciones
    que nos causa. Los seres humanos deberíamos de reconocer,
    a ser posible colectivamente, las estupideces que
    venimos cometiendo y que si no orientamos las mentes
    en otra dirección continuaremos haciéndolo.
    Es evidente que necesitamos plantearnos dar un salto
    colectivo para intentar -por lo menos probar- pensar
    y actuar con otras maneras, que aunque aparentemente
    algunas se han perdido, seguro que sigue habiéndolas.
    Los animales y las plantas, que nos atrevemos a considerar
    como inferiores e irracionales, parece que lo han
    conseguido sin esfuerzo, dando muestras de saber estar
    en esta vida el tiempo que les corresponde y que no pueden
    determinar, aunque es probable que cuando les llega
    su propio final, sientan un inevitable dolor que no podemos
    interpretar, cosa que los humanos pretendemos que
    a nosotros -“esos que presumimos de inteligentes”- no
    nos va a pasar.
    Pero es evidente que solo podemos pretender -basándonos
    en nuestra experiencia- que el necesario salto
    nos sitúe de nuevo en tener que dar otro salto, ya que
    hasta ahora nadie ha encontrado la alternativa definitiva
    en un mundo que no se detiene. Nos corresponde vivir
    en movimiento, pero en el movimiento que el propio
    movimiento del mundo nos vaya sugiriendo si nos
    dedicamos a escucharlo, y no a tratar de imponer el que
    de nuestra mente surja. A partir de escucharlo, y cuando
    más finamente lo escuchemos, mejor nos adaptaríamos
    para vivir más ajustados a lo que somos. Parece necesario
    probar a abandonar cualquier intento de dominar al
    mundo por dejarnos orientar por él.
    Mi visión de la vida a través de la mente me condiciona,
    sobre todo cuando solo me informo de lo que
    ocurre por medio de las noticias a las que tengo acceso,
    noticias que imagino que me “obligan” a no poder ver y
    sentir los hechos tal como ocurren, como pienso que me
    está ocurriendo estos días en los que los trastornados
    americanos e israelíes comenzaron a bombardear un
    país como Irán con falsos argumentos. La anciana histórica
    Persia, aunque no exenta de errores, que tanto nos
    ha aportado a la humanidad, y que ahora está siendo gobernada
    por otros descerebrados, se ve atacada comenzado
    por una escuela donde asesinaron a unas 150 niñas
    cuando estaban en sus clases, algo que solo mentes demenciales
    pueden hacer y diseñar, algo que nos muestra
    hasta dónde podemos llegar a través de ambiciones imperdonables
    a las que solo los locos tienden.
    Despierta uno hace una semana y las noticias producen
    la desagradable impresión de que el mundo ha cam-
    biado una vez más a causa de mentes destructivas. Hace
    tan solo unos días en Gaza se produjeron más de 70.000
    muertes entre las cuales más de 20.000 eran niños, y
    ahora está ocurriendo en Irán y Líbano, pero también
    en Ucrania y en más lugares. Pensar sobre hechos tan
    horribles realizados por humanos agota, al convertirme
    en un ser inútil que de pronto sufre de impotencia; no
    poder hacer nada resulta inaceptable, y, sin embargo estoy
    obligado a aceptarlo, pero no me es posible, afectado
    por una violencia asesina no encuentro refugio que me
    proteja.
    Estos días, de nuevo, todas las células de mi cuerpo
    sufren y se descolocan, me convierten en un ser que no
    sabe donde meterse porque haga lo que haga o piense,
    me trastorna de tal manera, que es imposible decirme
    que estoy de acuerdo conmigo. Los organizadores de la
    guerra no solamente dañan a las que directamente son
    sus víctimas sino a toda la humanidad; son personajes
    que solo con su silencio o muerte nos veremos libres de
    ellos, cosa que a veces, y dolorosamente, se presenta
    como la única alternativa posible.
    Miro por la ventana la Sierra de Cuera, para mí una
    especie de tótem cambiante que cada día, durante los últimos
    50 años, tengo delante de los ojos, me encuentro
    solo aparentemente lejos de donde se produce la destrucción
    humana y material, y la Sierra sigue donde siempre,
    además hoy brilla el sol, los pájaros acuden a comer los
    granos que les dejé esta mañana en el muro cercano, el
    ciruelo comenzó a florecer, el cerezo ya comenzó a perder
    sus bellas efímeras flores y todo lo que alcanzan mis
    ojos está en paz, una cercana paz que me parece imposible
    que sea real en un mundo en el que, en otras partes,
    está siendo masacrado por personas que parecen odiarlo.
    Respiro, sintiéndome un afortunado, que no puede disfrutar
    plenamente de la fortuna que supone vivir y trato
    de calmarme sin saber cómo responder; me afecta alterándome
    el deseo de ejercer la ineficaz violencia contra
    los causantes de estos desastres, seres, además, que viven
    en un aparente cómodo lujo y protección, del que me
    parece imposible que puedan disfrutar porque su maldad
    mental seguro se lo impide. A los humanos parece ser
    que nos corresponde tener que vivir situaciones en las
    que es imposible encontrar la necesaria paz.
    No existen los milagros que logren que mañana al
    despertarnos estemos convertidos en personas sensatas
    capaces de amar todo lo que la vida nos ofrece y lo que
    no nos es posible ver, que es casi todo.
    Que personas enfermas tengan en sus manos tanto
    poder de destrucción y lo usen contra el propio mundo
    donde todos vivimos, sobrecoge, y cómo hemos llegado
    a esto, después de habitar tantos millones de años en una
    tierra, que ellos no han hecho pero se creen sus dueños,
    desespera, porque es incomprensible. La mente no encuentra
    argumentos que la calmen y siento que nada
    puedo hacer para paralizar las ambiciones de semejantes
    trastornados, e intentar aceptar que nada puedo hacer
    no me consuela, así como tampoco aceptar que no me
    queda otro remedio que sufrir.
    Esto que me ocurre no es la vida a la que aspiro a respirar;
    lo que ocurre es una desgracia de tal calibre que me
    resulta imposible ponerle un nombre. Imagino que millones
    de personas, o sea, mis hermanos, tampoco pueden
    evitar pasar por lo que estamos pasando.
    Necesitamos ejercer la calma, una calma atenta, sin
    garantía de que con ella estas situaciones no volverán a
    repetirse. Que una humilde calma nos acompañe, parece
    ser nuestra mejor arma para colaborar a vivir en un
    mundo en el que nos sintamos agradecidos por lo que
    nos da; me digo que tenemos que intentar buscar otras
    fórmulas, además de mantenernos en esa necesaria calma,
    y no cejar de intentarlo, ese es el único reducto del
    que disponemos, desde el que es necesario actuar con
    otras formas con las que aún no hemos actuado, aunque
    con la duda de que podamos ser capaces de conseguirlo
    aunque pongamos el corazón en ello, pero presiento que
    es lo único que es posible hacer. Los personajes ambiciosos
    son incapaces de reconocer el daño que hacen a la
    humanidad y a la naturaleza y no sabemos cómo intervenir
    para evitarlo, pero es necesario perseverar.
    Estamos siendo ingenuos al creer que la felicidad
    consiste en poseer más de lo necesario, en viajar a lugares
    más o menos exóticos en los que ejerciendo de turistas
    no terminamos de conocer, en un aparente hacer lo que
    nos da la gana con simulada comodidad, en consumir a
    base de contaminar, en realizar trabajos absurdos para
    producir objetos innecesarios, en soportar a políticos corruptos
    e inmaduros que no nos representan…. y creo
    que someterse a vivir como vivimos colabora a que ocurra
    lo que está ocurriendo…alguna responsabilidad tenemos
    por no rebelarnos a base de cambiar nuestras mentes
    y dirigirnos por otros caminos que existen ante lo
    que está ocurriendo. Es necesario hacer cualquier cosa
    que no sea la de seguir colaborando a que ocurra lo que
    ocurre, comportándonos como sometidos corderos aparentemente
    inocentes. No tengo duda de que todos, en
    alguna parte del cuerpo, tendremos que sentir un malestar
    que nos cuesta aceptar, por mucho que algunos manifiesten
    que se sienten felices viviendo como lo estamos
    haciendo.
    Me acerco a la gata Tila y a la perra Tany con las que
    convivo día y noche en un pueblo que no llega a 200 vecinos,
    casi todos ellos ya ancianos como yo, las contemplo
    y las acaricio sintiendo que tanto para ellas como
    para mí y para todo lo que vive, raya en lo miserable.
    Cada vez que parece que nos hundimos en una nueva
    guerra es necesario intentar levantarse, siempre sin garantía
    de llegar a un punto en el que no haya que intervenir
    para evitarlo. Otra función más urgente no tenemos
    en nuestro pasar por lo que nos corresponde vivir,
    una evidencia imposible de calificar al ser la única. Más
    no podemos pedir porque es lo que estamos limitados a
    poder hacer, aquí estamos para ser felices e infelices al
    mismo tiempo en una naturaleza generosa, y aceptarlo,
    nos dignificaría y colaboraría a sentirnos cerca.
    Que nos necesitamos no tengo ninguna duda, y
    abandonar la fidelidad a semejante evidencia, es colaborar
    a introducirnos en enfrentamientos innecesarios,
    aunque desde donde estemos no sintamos el lejano estruendo
    de los aviones y de las bombas y directamente
    no suframos la destrucción de vidas y territorios, pero
    cuando se produce, las distancias no existen. Todo lo que
    ocurre, tanto el mal como el bien, transcurre tan cerca
    que a todos nos afecta.
    Si nos preguntásemos cómo es posible ejercer tal destrucción
    sobre la belleza del mundo, quizás solo podemos
    responder con que nos hemos trastornado y que es
    necesario acercarnos una cierta cordura de la que nunca
    deberíamos alejarnos.
    Manifiesto lo que siento, deseando que cada uno
    manifieste lo que siente, aunque sintiéndolo no sea suficiente
    y aunque solo manifestándolo no consigamos
    vivir siempre en paz, a causa de la ineludible eterna incertidumbre
    que supone tener que formar parte de la
    humanidad.
    Sin poder ser consciente del origen de todo lo que
    ocurre, uno se ve empujado a opinar cuando lo considera
    necesario, aunque las opiniones solo se puedan interpretar
    como una especie de humo, como un juego carente
    de trascendencia y de origen, y que solo nos sirve para
    pasar el tiempo de la mejor forma posible, que, siendo
    imperfectos, nunca será perfecta, pero el mundo nos está
    reclamando otras formas de mirarlo y habitarlo.
    No tengo duda de que abusamos de las palabras y,
    por tanto, de la creación imaginada de conceptos, cosa
    que yo estoy haciendo al manifestarme sobre estos asuntos,
    cuando la mejor forma de tratarlos es posible que sea
    no mencionarlos, pero uno contradiciéndose, piensa en
    ellos y cree que dispone de palabras para intentar escribirlos,
    pero también para interpretarlos como una obligación
    moral, aunque solo sea un inocente e incierto pasatiempo
    o un necesario desahogo y aunque pueda llegar
    a cansarme de mí, si solo lo acepto como un llegar a
    donde nada más hay qué hacer. Me encantaría ser capaz
    de prescindir de expresarme como lo estoy haciendo,
    porque dudo de si expresarme así no sea tan solo una forma
    de hacer nada creyendo que estoy haciendo algo.
    Sigo escribiendo a ráfagas, necesitando colaboración,
    aceptando que mi imperfecta forma de expresarme
    sea la de intentar recoger instantes que se van, sin pretensiones
    de elaborar un relato coherente con un argumento
    con principio y final. Escribir me ayuda a pasar el
    tiempo en mi intimidad como creo que el tiempo pasa,
    si es que pasa, que no puedo afirmarlo ni negarlo.
    No sé si eso es ejercer la libertad, pero a veces tengo
    la sensación de que se aproxima, intentando con ello liberarme
    de impuestas formas de vida que afectan, de tal
    manera, que incluso influyen sobre mi intimidad y mi
    salud.
    Escribir saltando de un tema a otro siempre intentando
    encontrarme, como ahora, que se me ocurre decir
    que pensar es la forma de manifestar mi permanente ignorancia,
    ya que imagino que no estoy capacitado para
    saber, pensamiento espontáneo carente de justificación
    que me calma mientras creer que sé algo me altera.
    Considero absurdo, y de momento inevitable e inconcebible,
    que no estoy capacitado para llegar a un estado
    corporal que humildemente me satisfaga, y que dejarse
    llevar, es lo más maravilloso que me puede ocurrir.
    Dejarme llevar por algo misterioso que me sorprenda,
    sobre lo que creo que es vanidoso e inútil intervenir,
    como si uno, inconscientemente, buscase sentirse frustrado,
    creyendo que no lo está.
    Vivimos, soportándolo cómo estamos, respondiendo
    a lo que está ocurriendo con un aparente silencio,
    pero influenciados por personajes ambiciosos que no deberíamos
    nombrar, personajes que todos los días escuchamos
    o vemos o leemos, sin poder justificar cómo es
    posible que nos sometamos a semejantes situaciones de
    un masoquismo desquiciante y sin poder justificar como
    no hacemos el esfuerzo por evitarlo, cosa que debemos
    intentar que sea posible, aunque no lo sea.
    No es cuestión de despreciarlos ni a ellos ni a nosotros,
    como nada de lo que existe puede ser posible menospreciar,
    pero tiene que existir alguna forma de vivir
    sin dejarse influenciar por ellos, cosa difícil, al afectarnos
    todo lo que ocurre sabiendo o no cómo se produce o
    cómo lo permitimos, de tal manera que no nos pervierta.
    Como resulta imposible dejar de afectarnos lo qué
    ocurre y lo qué pensamos, perdidos en un no saber cómo
    actuar, nos dedicamos a buscar soluciones en otras culturas
    que imaginamos las han encontrado y lo hacemos
    sabiendo que las soluciones nadie las ha encontrado. A
    veces pienso que es posible que no actuar sea la única actitud
    razonable, es decir, que nosotros somos los creadores
    de nuestros propios problemas, ya que los otros deben
    a su vez encargarse de los suyos.
    No parece conveniente enfrentarnos con violencia a
    los que actúan demencialmente; su posible cambio no se
    logra a través de disgustarse por su existencia, sino en
    buscar alternativas creativas y cercanas. Los asuntos de
    los otros me afectan, pero no me pertenecen.
    Aunque no podamos concretar qué es la vida, y nos
    gustaría, nos calma reconocer su compleja invisibilidad,
    y creo que es posible sentirnos a ella agradecidos a pesar
    de no verla y de no saber que es. No todo tiene porque ser
    visible o explicable por mucho que lo intentemos, sin
    embargo, algunos, aunque seamos aún minoría, no perdemos
    la esperanza de conseguirlo a pesar de todos los
    fracasos e incluso retrocesos.
    Si en un estado de tranquilidad y lucidez nos preguntamos
    cómo nos gustaría vivir, todos citaríamos: en
    el respeto, en el afecto, con salud, compartiendo la cercanía
    y la paz, en una amistosa relación con la naturaleza
    y con valores de ese tipo que no podemos dejar de necesitar;
    y si aún no lo hemos conseguido a pesar de considerarlo
    una necesidad vital, es porque es posible que vivamos
    incómodos actuando en contra de nosotros mismos
    y aún no hemos sido capaces de hacer lo suficiente,
    y no es porque no lo hayamos intentado. Prefiero pensar
    que ocurre lo que ocurre porque no hemos encontrado
    la forma de liberarnos de ello, pero que esa forma tiene
    que existir, no hemos venido al mundo para apropiarnos
    de él ni domesticarlo a capricho de nuestras mentes y ni
    mucho menos para seguir mirándonos solo hacia nuestro
    propio ombligo, pero tampoco para consentir que
    algunas mentes pretendan contaminarlo o destruirlo.
    Nadie ha conseguido contagiarnos de las bondades
    que nos puedan beneficiar, y, los que las han expuesto en
    libros o con una vida ejemplar no han tenido la suficiente
    energía como para transformarnos, llegando a ocupar
    espacios que nos les pertenecen a personajes manipula-
    dores, traidores, cínicos, explotadores, malvados que se
    empeñan en dominar a masas enteras y los que se opusieron
    a ellos terminaron reprimidos o en cárceles o asesinados
    o marginados.
    Los poderosos obran sin consideración ni sensibilidad
    porque se les permite e incluso se les aplaude, evidentemente,
    que sobre nuestro comportamiento y sobre
    el de cada uno, parece necesario reflexionar. Creo que
    debemos tratarlos como seres enfermos.
    Ante estas situaciones, que se vienen repitiendo a lo
    largo de la historia de los humanos, no hemos encontrado
    las fórmulas para evitarlas, pero no ha evitado
    que sean muchos, aunque no los suficientes, los que lo
    han intentado. Imagino que sería bello, dedicarnos a
    acercarnos a tratar de evitar todo lo que nos impide vivir
    más amable y humildemente en una naturaleza que con
    generosidad nos ha dotado de vida, aunque también nos
    la quita, y ante la cual no hemos estado a su altura, a base
    de agradecerle lo que nos ha regalado sin pedir nada a
    cambio.
    Ni algunos escasos gobiernos que en apariencia lo
    han intentado, ni las diferentes religiones ni ideologías
    lo han conseguido, y son muchas las que han terminado
    contaminándose. Las causas porque lo que no nos sienta
    bien el no haber sido capaces de ponerlo en práctica, y,
    además mantenerlo, no tienen explicación aceptable,
    pero, a pesar de los fracasos seguimos intentando que la
    tenga, y quizás, sea hora de intentar otras formas de utilizar
    la mente, que da la sensación que, tal como la estamos
    utilizando, nos conduce a repetirnos en un sufrimiento
    inútil e insoportable. Tenemos suficientes razones
    para desconfiar de los pensamientos que las mentes
    llegan a producir.
    Cambiar el uso de la mente supone un esfuerzo que
    no garantiza que vayamos a conseguir una paz duradera,
    pero tenemos el deber moral de intentarlo, un intento
    compartido que nos haría sentirnos unidos por lo menos
    por algo que realmente nos une, unión necesaria que
    tiene necesidad de despertar.
    Que no nos hayamos dedicado, con la intensidad
    adecuada a cambiar, es algo racionalmente inexplicable,
    que nos puede hacer pensar hasta qué punto estamos actuando
    irracionalmente al permitir que sean otros los
    que intervengan sin nuestro permiso.
    Los que soportamos una situación tan demencial, tal
    como si hubiésemos perdido la razón, sin duda somos la
    inmensa mayoría, pero nuestra energía transformadora
    la estamos desperdiciando al estar esperando que los que
    están actuado en contra de nuestra naturaleza vayan por
    ellos mismos a cambiar, pero se ha demostrado que no
    van a hacerlo mientras no seamos nosotros los que se lo
    impidamos. A los ansiosos debemos tratarlos como enfermos
    que solo ellos mismos podrán curarse, y por tanto,
    son “personajes” que debemos dejar de escuchar.
    Lo que veo no es lo que es, lo que pienso no corresponde
    a lo que ocurre y necesito el apoyo de los otros
    para ampliar mi limitada visión.
    Aparentemente me encuentro en un mundo desconocido
    que no está en reposo, un mundo que se mueve
    con aparentes pausas; esto pensaba esta mañana al levantarme
    sonriendo, consciente de que no es posible comprender
    o explicar lo que ocurre, si es que algo ocurre, o
    lo que veo o pienso es una alucinación que las palabras
    no pueden aclarar; es decir, que las palabras no parecen
    ser útiles para lo que han sido creadas, ya que no cumplen
    su función, la función que les atribuimos de que
    ellas solas nos puedan llevar a comprender.
    Me he dicho muchas veces que de esperar o desear
    algo, esperar o desear nada, porque nada es ya algo. Reconozco
    que es mucho lo que tengo aún pendiente de
    hacer conmigo mismo y en ese sentido escribo.
    No es verdad que me encuentre solo cuando digo que
    lo estoy; nadie está solo mientras esté en un mundo con
    el que estamos conectados. A menudo creo pensamientos
    que pretenden confundirme sin que pueda evitarlo,
    pensamientos con los que todo el cuerpo vibra sorprendiéndome,
    con aportes de inesperadas energías que pueden
    entristecerme o estimularme, pensamientos configurados
    por inexistencias y procedencias que me afectan.
    Ojalá que nos llegue, lo más pronto posible, la hora
    de abandonar el sometimiento a las ambiciones de los
    ficticios poderosos, decidiéndonos por una vida sencilla,
    aunque siempre vaya a ser incierta, pero hermanada con
    la naturaleza a la que pertenecemos; una forma de
    afrontar la vida que nos llegue antes de que sea demasiado
    tarde.
    Me encantaría que no fuese cierto todo lo que me he
    permitido manifestar, y sean tan solo confusas preocupaciones
    personales imaginadas, necesitadas de vuestra
    comprensión y afecto. Sin el contacto con el todo, sin la
    cercanía de los demás, sería imposible sentirme vivo.
    Confieso que pensar me resulta atractivo, sobre todo
    cuando lo convierto en un juego sin vencedores, y por
    tanto, rechazo pensar negativamente, una forma de
    pensar de la que conviene desprenderse lo más pronto
    posible. Creo que de esta forma colaboro a aportar vitalidad
    a mí y al mundo, aunque no pueda conocer a quien
    le llega ni tenga palabras para decir qué es la vitalidad,
    pero que sin embargo la necesito. Pensando en positivo,
    no solo aflora la sonrisa a mi mirada, sino que imagino
    que disfruto de algo que podría llamar energía saludable.
    Una energía, originada por una forma de interpre-
    tar el transcurrir como algo abierto, que imagino,
    mientras la siento, que la estoy transmitiendo a mí y al
    mundo, aunque del mundo no pueda escuchar su respuesta.
    Como manifesté al principio: el mundo es tan inmenso
    que resulta inabarcable, en el que uno solo, sabemos
    que está limitado para aportar algo necesario y solo
    con la participación de las sumas de energía ofrecida generosamente
    por todos, será posible acercarnos a aportar
    lo positivo que necesitamos, y nos falta.
    Esa inabarcable inmensidad que nos afecta solo
    pudo ser con la labor de un todo también infinito; por
    tanto, necesitaremos la suma de todos en el caso de que
    llegue un día en que sintamos la necesidad de aportar lo
    que ya teníamos que haber aportado para convivir en
    paz sobre un mundo que seguirá cambiando a su ritmo,
    ritmo que siempre nos sorprenderá.
    Mis disculpas por osar manifestar semejantes sentimientos
    que solo como si fuesen aire se pueden interpretar.
    Mis palabras son huérfanas necesitadas de las de los
    otros, creo que me encantaría que todos los aires se juntasen
    como hermanos.
    Quien considera que se deben difundir estas reflexiones
    abiertas a la participación de los demás que lo
    haga a su manera y quien no las acepte tiene mi respeto…
    las palabras son de todos, dando por supuesto que el autor
    de las mismas no se siente el propietario de ellas ni
    tampoco de la razón, porque la razón está siempre evolucionando
    y nadie la posee, aunque la necesitemos.
    Cordialmente Pablo Rabanal…

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