Una pieza sonora de Arsenio Manuel González para escuchar con calma. Un cuaderno en voz alta, abierto a la reflexión, al silencio y a ese espacio íntimo donde las palabras encuentran otra forma de permanecer.
Quien prefiera detenerse en la palabra escrita puede leer a continuación el texto completo que acompaña este cuaderno. Una lectura para hacer sin prisa, dejando que cada frase encuentre su propio silencio.
NECESITO
Necesito al Destino
y lo mucho que no puedo comprender.
Necesito el movimiento continuo,
donde nada se detiene,
sólo estoy quieto en apariencia.
Necesito la evanescencia de las satisfacciones.
Necesito estar cerca y lejos de mí,
tanto como la noche y el día.
Recordar y olvidar necesito.
Necesito desconocer
los ilimitados límites.
Necesito vivir en mi ritmo
e inmerso en todos los infinitos ritmos posibles.
Necesito lo que me rodea,
necesito a los otros
aunque juntos, o solos
cometamos, a menudo, errores estremecedores,
tan difíciles de perdonar.
Necesito vivir en mi pequeña parcela,
en mis reducidas habitaciones,
todas ellas conectadas con el mundo
por una pequeña ventanita,
por donde entra y sale libremente
lo que no puedo elegir.
Necesito la imposible soledad
y las improvisadas compañías.
Estoy lleno,
soy un mundo en un mundo imprescindible
del que me alimento,
en el que sufro y me congratulo.
Canto, lloro, grito algunas veces,
necesito desgarrarme,
mientras camino hacia otras vidas y otras muertes,
a un ritmo que no me pertenece.
Necesito abandonarme, necesito sufrir con el todo,
no estoy preparado, lo sé,
no podré conocer lo que ocurre, lo sé,
lo que es,
simplemente es y ya está.
Necesito sentir como la perra Toa se tumba en el suelo,
se estira y recoge los primeros rayos de sol
de la mañana de Septiembre.
Necesito el silencio, el ruido,
lo incierto.
Necesito mi ignorancia, mi modesta osadía
cuando me pongo a construir pensamientos.
Necesito sentir lo inalcanzable,
ese latido que a bandazos me lleva a la belleza,
por mucho que me resista,
por muy mal que lo haga.
Necesito creer y
me sienta bien perseverar sobre lo que me humaniza,
aunque lo haga intermitentemente y con miedo.
Necesito el miedo,
toso y no se por qué,
salgo a pasear de noche
por la dehesa,
sintiendo mi fragilidad entre las sombras de las encinas.
Necesito los sonidos enigmáticos que me conmueven.
Lo necesito todo,
de nada puedo prescindir,
no soy nadie para hacerlo,
no debería atreverme.
Necesito ser una sombra en un mundo que gira en el espacio.
Necesito intentar y necesito no intentar,
el reposo, la agitación,
el hambre y la saciedad,
amar y ser amado.
Necesito ser y no ser.
Necesito la brisa y el huracán,
Necesito al cubano, al checo,
al armenio y al isleño,
tanto como el comer,
tanto como el beber,
pero no necesito tanto, lo sé.
A veces necesito poseer
aquello que no puede
ni debe ser mío.
No tengo,
sólo necesito lo que me venga,
pensamientos, deseos, angustias,
lucidez, sombras, silencio y ruido
(a ser posible poco y sin continuidad,
que mi alma se resquebraja un algo,
con lo ensordecedor,
con lo que no le es propio)
Necesito lo más pequeño,
lo diminuto, lo invisible,
lo que se desvanece, lo que nunca podré recibir.
Necesito sol y agua,
calor y frío,
saber e ignorar,
soledad y compañía,
ayunar y comer,
el dolor y la caricia de cualquier misterio,
por ejemplo,
el de las hojas de la encina
bailando un vals con el viento.
Necesito oír y ser oído,
aunque nunca entienda
lo que escucho
y lo que no puedo escuchar.
Necesito ver y verme,
sabiendo que siempre hay mucho por sentir
y mucho más imposible de comprender.
Necesito acariciar y que me acaricien,
saborear y que me saboreen
hasta un límite
ante el que se abre el infinito.
Necesito sentir
aunque no pueda llegar a saber lo que es.
Necesito la belleza de lo que alcanzo
y de lo que nunca alcanzar podré,
pero que es,
pero que está.
Confío y desconfío,
como cualquier insecto,
como una rana o una higuera.
No soy del mundo y soy.
Soy nada y soy todo,
mas tanto que encuentro por el medio.
Soy indefinible,
lo que se puede decir de mi,
o de ti,
es sólo un algo inconcreto,
un comentario, un juicio
que carece de significado,
es tan sólo un decir lo que se dice.
No debo recomendar,
cuando lo haga perdonadme,
son momentos tontos, y hay muchos,
en los que debería callarme mentalmente,
pero no me callo cuando tendría que hacerlo.
Me tengo que disculpar a mí mismo,
el único que puede perdonarme.
Sólo después, sólo más tarde,
puedo saber,
que entre todo lo posible,
hice una de las muchas cosas que no debía.
Necesito decir
y algunas veces
debería callarme por dentro
Necesito entender
y que lo que entiendo,
sólo sea una parte de un eco.
Necesito llegar siempre tarde
al interminable entendimiento.
Necesito las montañas, los robles,
los ríos, todo lo que tardó mucho en hacerse y que aún se está haciendo.
Necesito la cercanía de la lentitud,
del eterno invisible hacer,
necesito no intervenir sobre ello.
Necesito lo efímero,
esa mariposa amarilla con pintas negras,
que mañana tal vez no exista,
necesito lo que desaparece
sin haber llegado.
Necesito lo que no está
y lo que está,
lo nombrable
y lo innombrable.
Necesito ahora mucho el sinsentido que todo lo impregna.
Necesito
que lo que haga carezca de importancia,
que sea intrascendente,
que se diluya, que desaparezca,
que se volatilice, que no quede.
Si pudiese elegir, lo prefiero.
Necesito estar en el imposible ahora
y sólo creer en ese instante
que se convierte constantemente en otro,
sin ningún fin.
Lo que está necesito
y necesito lo que no está,
lo que estuvo,
lo desconocido que me aguarda silenciosamente.
Sin ello,
sin lo que hubo,
sin lo que hay,
sin lo que venga,
yo no existiría.
Necesito todo lo que vibra,
y todo lo que se calla.
Necesito al tímido, al dulce,
al violento,
como necesito lo azucarado y lo amargo,
tan inevitables,
como necesito tener miedo de no se qué,
esconderme intentando desaparecer,
sentir vergüenza, sentirme contaminador,
respirar,
sentir el sol desnudo, eso,
desnudarme,
bailar, cantar,
creer en cualquier cosa
cuya creencia estime, se renueve o desaparezca,
como tantas creencias que he tenido.
Necesito emocionarme,
esas emociones que van y vienen,
que no se presentan nunca de la misma forma,
con los mismos colores,
con las mismas respuestas.
Necesito que nada se repita aunque lo desee.
Todo lo que necesito lo tengo,
lo desconocido me lo brinda,
recibo y recibo sin fin de no sé quién,
recibo palos merecidos que no deseo
y caricias necesarias de la belleza siempre presente.
Necesito carecer de soluciones,
la impotencia por no poder hacer desaparecer a las miserias,
las estrecheces del alma,
las ataduras físicas.
Necesito no quejarme
porque lo tengo todo.
Todo me viene, todo se va
sin poder retenerlo,
simplemente estar
mientras me sumerjo en el bosque de encinas
donde el viento lo mueve todo hacia no sé donde,
hacia donde no quiero saber.
Necesito la ausencia de certezas,
necesito lo incierto
como necesito un poco de pan y de vino cada día.
Necesito no luchar, no ganar,
de aquí nadie se lleva nada,
tener es sólo una apariencia,
un pobre ejercicio de la imaginación.
Necesito ser posesivo,
necesito poseer la nada.
Necesito que (traten de sorprenderme) me sorprendan
y que lo consigan.
Necesito la constante presencia de lo inesperado.
Por mucho que me proteja,
lo inesperado siempre está al acecho,
no se puede huir, no debo intentar huir,
igual que no puedo huir
de la constante presencia del bien y del mal
que casi siempre se presentan juntos en el mismo momento
sin posibilidad de escapatoria.
Necesito ser redondo,
y lo que pincha,
aunque no lo desee.
Igual que necesito la calma
y esa agitación vibrante
que nunca se comprende aunque se explique.
Necesito la espera,
y mucho, que la perseverancia
me lleva de la mano.
Necesito las amables ausencias
que me muestran la necesidad de posesión,
necesito las distancias tanto como las cercanías,
la melancolía y los susurros.
Necesito el caos,
estar en el caos,
amar el caos,
convertirme en caos.
Necesito al eros,
y cuando digo que necesito la muerte,
que no es morir ahora,
me sobrecojo pensando
que el día definitivo iré hacia no sé donde.
Necesito no saber,
que es tan vital como
saber.
No me preguntéis,
no debo preguntarme
las causas, los inalcanzables motivos,
las razones por las cuales lo muestro todo aunque me esconda,
lo deseo todo, incluso lo que no se sustenta por su fealdad,
como si lo hubiese necesitado,
como si el hecho de nacer
implicase ser una totalidad,
pasar por abismales experiencias opuestas,
como si para vivir
hubiera que subir a la luz y descender a la oscuridad.
Necesito contagiarme,
que todo lo que transcurra me afecte,
como si transportado me caiga,
me levante, me sustente
en un desequilibrio constante e imprevisto.
Necesito preocuparme por lo que no existe
y relajarme despreocupadamente para continuar,
sin poder alcanzar una imposible estabilidad que no me pertenece.
Necesito abandonarme,
yo no soy ni yo,
yo no soy otros,
yo no dispongo de las palabras exactas,
sólo digo lo que imagino,
e imagino,
que vivir es un acto de una belleza sobrecogedora,
donde detenerse sólo es un espejismo en el continuo caminar.
Necesito que mi sangre, que mi respiración,
no se detengan
mientras vivo en el constante movimiento.
No sé por qué necesito,
yo no me he hecho,
a mí me están haciendo constantemente,
sin pausa,
yo no soy nadie para marcar el ritmo trepidante de la vida.
Necesito dejarme,
sólo puedo abandonarme,
cada resistencia es un imposible,
una herida con la que enfermo
al pretender ser lo que no soy.
Necesito preguntarme,
porque hay que dudar,
dudar ese puro masoquismo.
Necesito llevar la duda siempre dentro,
creer en ella como una certeza,
mimarla, acariciarla,
dejarla a su albedrío,
como si fuese algo mío
y como si fuese independiente al mismo tiempo.
Necesito estar un tiempo indefinido,
(como es siempre el tiempo)
contemplando una diminuta nube blanca
en un cielo azul,
escuchar el canto
de un desconocido pájaro escondido entre el follaje,
sin saber por qué lo hace, por qué está allí,
sentir que es como yo,
que está aquí sin saber para que está,
imaginar que solo canta
porque cantar es bello.
Necesito lo que nunca he necesitado.
Necesito el dolor,
necesito todo lo que no quiero,
el zumbido cercano de esa avispa,
necesito su aparente amenaza.
Necesito moverme
y la importancia de estar imaginariamente quieto.
Necesito creer,
pensar que lo que haga tiene sentido,
sabiendo que es tan oculto que no puedo verlo.
Necesité lo que necesito,
uno de los tributos que pago
por el hecho de no saber quién soy,
incluso de no saber si soy un yo.
Necesito hacer
para que algo de mí quede,
aunque no quede nada.
Necesito maravillarme y necesito ser víctima.
Necesito la máxima protección y la fuerza de la fragilidad.
Necesito la salud
y la enfermedad que acecha,
que llega sin haberla llamado.
Necesito hundirme
y levantarme con el adecuado esfuerzo.
Necesito olvidarme
e imaginar que lo que soy,
también es la ignorancia de lo que fui.
Necesito
ese constante envejecimiento y renovación
que no se detiene ni un segundo.
Necesito cultivar el huerto,
sentir brotar, sentir morir,
cocinar, saborear, digerir,
dormir cuando el cuerpo lo pida.
Necesito el contacto del agua
y sentirme tierra sedienta.
Necesito el dolor de rechazar,
las bondades de la aceptación,
los contrastes,
la cabeza que desmenuza
e improvisa creando pensamientos que se volatizan,
después de pasar por la células afectando sus estados y sus sentidos.
Necesito hacer esto,
encontrarme con aquél,
caer en tal hueco,
pasar por este mundo como pasé, como paso,
sin protección posible,
con la protección máxima,
vestido sin ropas
o desnudo con ellas.
Para lo incierto estar preparado necesito,
mi indefensión es total,
mis miedos me pueden llevar a comportamientos imprevisibles,
soy tan incierto como lo que me rodea,
nunca se cómo voy a responder.
Necesito aprender a vivir
con mis pensamientos inútiles
¡Qué tanto perturban!
¡Qué tanto afectan a mi independencia dependiente,
a mi dependiente independencia.
Necesito la ansiedad,
tocarla,
verla surgir y desarrollarse
y como desaparece cuando la acepto,
cuando no me enfrento a ella como un mal.
Necesito que todo vibre
y vibra,
emitiendo un no se qué,
mientras recibo gratuitamente lo inexplicable.
Necesito la presencia de todos,
e inconscientemente,
me acerco a los silenciosos como si tuviesen imán,
como si me diesen algo invisible y necesario.
Necesito la duda como el aire,
esa duda que es aire,
ese aire que es duda.
Necesito la lluvia,
tanto como la necesita la tierra,
como ambos necesitamos el sol.
Necesito lo imprescindible,
lo que llega de no se sabe donde.
Necesito a los que necesitan,
a todos sin exclusión,
esa exclusión siempre tan absurda.
Necesito ser egoísta,
siéndolo a veces inoportunamente,
pero, sobre todo,
necesito fluir en la generosidad,
necesito perdonarme a cada instante.
Necesito, el dolor que produce crecer hacia lo desconocido.
Vibrar en lo complejo necesito,
con la complejidad de lo sencillo
¡Lo sencillo, lo complejo tan inseparables!
Necesito que desaparezca lo que es como una eterna permanencia,
que aparezca lo que no está,
como si nada se quedase
y, sin embargo, fuese.
Necesito sentirme agradecido,
sobre todo cuando me impido serlo.
Necesito la sinceridad ante mí mismo,
por mucho que me oculte.
Necesito meterme dentro,
allí donde no hay límites,
hurgar,
reconocerme hasta donde pueda,
correr el riesgo de no regresar nunca
y ser un otro que nunca fui.
Lo que imagino necesitar,
es un asunto intrascendente
que lo convertí en mi oficio.
Necesito no pretender,
aunque me obligue a pretender,
algo que caóticamente llevo como puedo.
Necesito necesitar
y necesito no necesitar.
Necesito a las hormigas,
los cocodrilos, el buitre,
las nenúfares,
necesito las piedras y las raíces.
Necesito saber
que nunca sabré
lo que ocurrirá un instante después.
Necesito escribir sin ser escritor,
producir sonidos sin ser músico,
pintar sin ser pintor,
observar con mis desconocidas limitaciones,
hacer sin ser hacedor,
construir siendo destructivo.
Necesito aceptar lo que me pasa
y lo mucho que no me pasa.
Necesito alejarme de lo zafio,
de esa invasión permanente en mi intimidad,
de tantas interferencias que afectan mis intuiciones.
Necesito defenderme,
alejarme,
estar solo en cualquier lugar del campo,
sin la insistencia de noticias
siempre sesgadas y pretenciosas,
siempre generadoras de pensamientos ficticios que me alejan de mi.
Necesito usar las manos,
los sentidos, todos los dedos,
usar todas las células,
usar lo que no puedo ver,
lo mucho que de mí ignoro.
Necesito ser,
mostrarme entero,
por aquí, por allá,
revoloteando mientras pueda volar.
Necesito
que todo esté por venir que todo haya pasado ya.
Necesito mantenerme en el transcurrir
que pacientemente nunca se detiene.
Necesito acercarme al bien por el bien mismo.
Necesito corregirme interminablemente.
Necesito sentir
que todo es trascendente e intrascendente al mismo tiempo.
Necesito que los pensamientos
ocupen sólo el pequeño espacio que les corresponde,
que no intenten, como acostumbran,
creerse los propietarios de la razón.
Necesito esa modestia
que me lleva a aceptar
mi dependencia con el Cosmos.
Necesito lo creativo,
lo que cambia,
lo que siempre está dejando de ser.
Necesito imaginar,
que el mundo es un santuario
para practicar el arte de respirar.
Necesito ser un jugador,
que nunca pierde,
que nunca gana,
mientras el juego continua
sin detenerse.
Necesito a los otros y a lo otro
tanto como a mí mismo.

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